Yo y el otro yo. La orden deliberada que se despliega en la central de mandos. Tengo que empezar, sin maquillaje, con la piel blanca. De mirada desalmada y tenue, mayor. Reflejo de otra mirada aún más mayor. De todas, recuerda a alguien sumido en un bucle de promesas. Sin trampas ni cartón, puro, de idea calcita. Que reconozcan un: «Ha sido capaz de vivir». Con la exhaustividad alejada. Cercano a experiencias desagradables. Alardeando el giroscopio de la verdad. Buscando en cualquier reflejo de cualquier charco. Inclinando la piedra angular de las mentiras, con posibilidades de caer hacia cualquier lado. Rodeada de infinita geometría. Y reclamando ser empujada sin esfuerzo.
Como todos, soy tallado a medida que transcurre el tiempo. Veo que dominan pensamientos pasajeros, verdaderos, luminosos o con forma de puñal. En grupo todos acechantes y cercanos al número Pi. Elucubrando cómo disfrazarme estando rodeado de líneas rectas, curvas, en forma de L, diagonales... Relacionándome con ellas, haciendo que modifiquen mi alrededor. Sin ser yo matemático ni nada de eso. Recolectándolos encasillándolos en un plano de treinta y dos posiciones. Con ideas de planes defensivos y atacantes. Poniendo esfuerzos para nunca salir del marco que los retiene.
Así es como, en la forma de operar, funciona la mayoría. Es un propósito o despropósito personal. No hay aciertos ni errores. Ni los deberían ni los pudieran ser. Suscrito en otra frase consoladora, «es como debe ser». Quizás cambiando de termino de la posibilidades, hablase yo ahora de un río. Raro hablar yo ahora de un flujo. Con un no-principio y un no-fin. Suave de contorno. Que al mirar te aburres, y de aburrirte vuelves a mirar, y caes en lo hipnótico del flujo. Dejando caer palabras mudas -¿Acaso no hay suficiente vocabulario para describirme ahora?- Me digo. Es difícil articular palabras con tantas normas no escritas.
Las palabras no me han causado muchas alegrías, y tampoco penas. De donde vengo, uno no es justo con las reglas ortográficas. «Menos mal que con los rifles no se matan las palabras», decía una canción. De ahí extraigo toda mi semántica. Pero estaba equivocado. Claro que matan. Más de una vez te agujereas el pie, y mi pantalón ya guarda un agujero interior por el calor de un disparo silencioso. Que fue en nombre de ningún hombre. Tan solo en nombre propio.
Es tarde y aún no he quitado la vista de las curvas del agua. Dolido por la levedad de un vacío que ahora soporto. Reafirmado en el inmenso bienestar de una frase corta: «aguanta la espera». Sabiendo que si fuera uno con el río, me habría hundido en él sin intentar nadar. Sin dejar lugar al tiempo, sin herirme con más dudas.
Me mantengo mientras a salvo con este relato. Indiferente, diagonal en pensamiento, común, cortante, como una astilla en la cutícula. Certero en poética. Común como un domingo en tareas del hogar. Silencioso como un vecino del tercero o, más bien, del primero, porque todos vivimos en el tercero. Manteniendo la recta sin excentricismo. Denunciando al enunciado y rogando al enunciado. Con algún codazo a la izquierda y a la derecha, sin violencia. Cabalgando estrofas con prosa de escenario.
Hablaría de culparme ahora, por ser demasiado consciente del ahora. De forma quirurjica disecciono en milisegundos palabras, frases, silabas, signos de puntuación, silencios... Inscrito ya al plan de supervivencia. Con tareas de autoengaño, decidiendo elevar mi alma con exploraciones de espiritualidad. Dándome de bruces con la realidad de mí mismo. Anudado con el vientre a la tierra e implantado de mente al procesador central. Ya no veo a los altivos, los eternos, gigantes, rompetechos, «rompecielos»... Solo estoy yo vislumbrando el ahora a cada palabra, en alerta ante la inmesidad de una brisa. Asustado de esas abuelas con las rodillas de acero.
Hasta ahora me había creído inteligente en palabras. Pero tendré que doblegar el esfuerzo para crear consciencia de mi movilidad, que hasta ahora ha sido de hombre de hojalata. Avanzo cinco pasos y oigo un crujido: serán mis piernas oxidadas. Doy tres pasos más y oigo una respiración acelerada. No he sido consciente hasta ahora del latido incesante. De nuevo, no supero el número treinta y dos. Ni con pensamientos orbitales ni con los de suelo firme.
Hago esfuerzos reduciendo la cuenta a milisegundos. Me doy cuenta de la gota de la frente a la que le costará un segundo tocar la ceja, las piernas avanzando moviendo montañas, y las manos acompañando al compás sin retrasarse, golpeando ligeramente las caderas. Mi cuerpo al unísono en un lento movimiento pendular que busca redención. Mi corazón, en cambio, sonando como el gritar de una campana, echando en falta rendijas de aire. La mente funciona triturando cada fotograma de mí mismo. Mis parpados abriendo y cerrando como un fotomatón. Decido arrancar la lengua de mi paladar para articular una palabra. Pero es amenazado por la distracción de la vibración de mi teléfono, que parece responder antes que yo. Rendido con la mirada al suelo. Entonces veo mi primera noticia por enfermedad: Has perdido tiempo.
Frase que dispara reflejos como una bala de cañón. Por ello me precipito a duplicar mi esfuerzo sin entender aparentemente el significado y propósito. Vuelvo a casa sin orden con el doble de velocidad y empiezo a: limpiar la encimera, cambiar una funda de cama, escobar el suelo de la casa, esbozar un bostezo, hacer una tostada, la mampara del baño, y preparar un plato sencillo, ordenar mi mesa y mi cuarto... y todo con simetría dispar. Sin encontrar razones, sin tener razón, sin pedir razonamiento, y sin cuestionar mi razonamiento. Dándole la vuelta al edredón, también a la funda de almohada, respirando limpio, acusando a la funda del mal olor. Poner un lavavajillas, limpiarme las gafas, y bajar los humos. Reconociéndome autoritario en falta de descanso, y poderoso en mis decisiones. Sin dejar lugar a otras preguntas.
Encuentro recovecos de desorden en mis rectas, sorteando las curvas y saltando punto a punto en otra línea discontinua. Encontrándome en el círculo de tiburones de las ideas. Reduzco mis opciones, poniendo principio y fin. Disecciono el bug de la crisis del loading en blanco. Analizando la ineficiente y barroca rutina. Haciéndome preguntas, intentando llegar a la ataraxia corporal e intelectual: "Otra vez perdiendo el tiempo" me digo -No es por falta de autoestima, ni auto crítica por perfeccionismo. Solo necesitaría un último empujón y llegaría a todo-.
Me reconozco en el espejo al pasar sin mirarme en él. Sigo vislumbrando algo oculto, una figura de asombro detrás del iris en mi expresión facial. Veo y sé que soy yo. Pero mirar es peor para reconocerme. Sé que detrás de la oreja tengo el sensor activado, solo hace falta la clave. Justo un sudor sobrio me cubre la frente. Adopto una posición gacelesca antes de que apareciera el pensamiento disruptivo y... ¡BUM! Voy saltando de hemisferio creativo al lógico con una rapidez de rally. Inducido en desquicio por elegir hacer algo de provecho sin brujerías. Me siento a reflexionar sobre los minutos, horas o días que voy a perder reflexionando. Y me levanto y corro dos metros para asustar al mismo cerebro que da la orden de dar la orden. Hay un colapso. Corre sangre por mis venas que sube y baja a la amígdala y al hipocampo, pero no soy esa sangre, sino fango de la tierra donde ha llovido y se encuentran mis pies. Ya no tengo vientre ya no hay tierra. Y en ese instante fatídico de cinco segundos, veo que salta una segunda noticia por enfermedad: padezco «miedo a la incertidumbre».
Vuelvo a la cuna, vuelvo doblegado por mi propia crueldad con el pantalón sin coser y los pies manchados. Esta vez la parálisis es de verdad. La fidedigna. La que es mitad visceral, mitad intelectual. Cruzándose de lados y creando una cruz disfuncional. Ahora la mente se vale solo de recuerdos. Y siento mi cuerpo extraño tras toda esta nube de incómoda realidad. Mi cuerpo aún no ha hecho el cambio de almohada a una mas rígida. Pierdo la consistencia. La mente sigue durmiendo en la levedad del ser, enfrentando la pesadez de las oportunidades.
Algo es más pesado y denso. Algo corre peligro de hacerse pequeño. Algo coge nombre de ansiedad con traje. Algo me aprieta el labio como aprietan las manos de un albañil. Como si de fuerza ajena se tratase. El brillo en la saliva ilumina todo el tracto digestivo a las 5:00 am. No hay fatiga, la fatiga sería mejor. Hay una tripa cansada de hacer la digestión una y otra vez. Hay unas pupilas adaptadas a la noche como el iris de un gato. Hay promesas que me hicieron y otras que firmé ante notario. Hay peldaños rotos de la escalera de la fe. Hay ideas en el cielo, disparadas en enero, faltando medio año para las Lágrimas de San Lorenzo. Hay verdades, mentiras, traición. Sin embargo hay otros que saben por qué la vida adulta se mira en línea recta para vivirla feliz. Corriendo un velo de cada vez más capas de perder el tiempo. Y corro río abajo porque no me creía que había un no-final. Y al seguirle la espalda, lo perdí de vista entre tanta maleza.
De pronto oigo un rugido. Pensaba que estaba solo, y estaba solo. Algo se queda flotando en mi mirada. La nostalgia de una memoria pasada que no es mía. Igual que también mi extraña piel. De hecho el rugido era solo yo. Otro intento débil de discernir el tiempo. Se hace más intenso el recuerdo, con mas peso en mi piel.
De pronto, una figura superior. La cadena dial de sabiduría superviviente se despliega en un caarrusel de recuerdos. De mentiras y verdad, de maldades y bondad. Recuerdo los “primeros trabajos” y los primeros trabajos. Recuerdo recuerdos generales, recuerdos concretos y recuerdos de rescate. Recuerdo sensaciones tan particulares que se materializan con otra en forma y cuerpo en grande y ahora. Una nube que lucha por no ser niebla. Conducida por falsos apegos de oxígeno prestado.
El interés por remar se a quedado varado ajeno a mi actividad. A la espera de un islote al que amarrarse. No hay islote, no hay figura superior; en definitiva: no hay cuerpo no queda mente. Último recuerdo de ese adolescente que corría sobre caucho en verano. Con la suela desgastada y la planta del pie a treinta grados.
Me digo a mi mismo “has sido capaz de vivir”. Y mi mente descansa y la retina sucumbe a la oscuridad.